La Promesa: Lorenzo se está pasando con las exigencias de su boda La Promesa 732 | RTVE Series

Spoiler: El menú de la boda que enciende una nueva humillación

En este avance de La promesa, una conversación aparentemente inofensiva sobre el banquete de boda se convierte en otra muestra del control, la soberbia y las tensiones que hierven bajo la superficie del palacio. Todo comienza con un reproche seco: han tardado en llegar. Los llamados se excusan diciendo que acudieron lo más rápido posible, aunque uno de ellos no puede evitar ironizar con cansancio, recordando que las escaleras del palacio no están pensadas para piernas ya castigadas por los años. Pero no hay tiempo para explicaciones. El motivo de la llamada es claro y urgente.

El capitán deja claro que desea tratar un asunto concreto: el menú del enlace que se celebrará en breve. No quiere rodeos. A uno de los presentes le indica que puede retirarse, pero a otro le ordena quedarse. No es una sugerencia, es una imposición. Siempre conviene tener a un lacayo cerca, dice con ironía, por si surge cualquier necesidad. Desde el primer momento, el tono deja claro quién manda y quién obedece.

Sin alargar más la conversación, Lorenzo va directo al punto. Ha contactado personalmente con don Melquiades Brizuela, un nombre que impone respeto incluso antes de pronunciarlo completo. Se trata de un cocinero de prestigio, una auténtica institución en el mundo de la gastronomía, alguien que ha llegado a organizar banquetes para la realeza. No es un capricho cualquiera, es una declaración de intenciones. Él quiere lo mejor, lo más exclusivo, lo más elevado… también en la mesa.

La reacción inicial es de comprensión. Si se trata de un cocinero tan célebre, resulta lógico que quiera contar con él. Pero entonces llega el golpe inesperado. Lorenzo deja claro que su intención original era que Melquiades se encargara directamente de la cocina de la boda. Es decir, que el servicio habitual del palacio quedara completamente al margen. Sin embargo, el famoso chef ha rechazado desplazarse hasta Luján. Aun así, ha aceptado algo que al capitán le parece suficiente: diseñar, firmar y avalar el menú del enlace.

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Ahí es donde la conversación da un giro incómodo. Lo que hasta ahora había sido el trabajo del personal de cocina queda reducido, de un plumazo, a una labor secundaria. Ya no se trata de crear, decidir ni brillar. A partir de ahora, su función será preparar una serie de platos de muestra, simples referencias que sirvan para que don Melquiades entienda los gustos de la casa y, a partir de ahí, decida él el menú definitivo. El talento local queda relegado a un papel casi invisible.

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La respuesta no se hace esperar. Hay dudas, incomodidad, incluso cierta indignación contenida. No saben bien qué decir. La situación es humillante. Se insinúa que quizá sería conveniente avisar a López, alguien que entiende de cocina y que podría aportar criterio. Pero Lorenzo corta la idea de raíz, con una negativa tajante. No quiere que López aparezca. Según él, ese hombre se altera demasiado cuando se habla de gastronomía. Reconoce, casi con condescendencia, que tiene talento y que cocina muy bien, pero deja claro que, a su juicio, no está a la altura de don Melquiades Brizuela.

Estas palabras caen como un jarro de agua fría. No solo se trata de una decisión práctica, sino de una declaración de jerarquías. Para Lorenzo, el prestigio externo pesa más que el esfuerzo diario de quienes sostienen el funcionamiento del palacio. El mensaje es claro: aquí importa más el nombre que el compromiso, más la fama que la dedicación.

Sin dar espacio a réplica, Lorenzo ordena que se traiga algo para tomar notas. Hay que elaborar cuanto antes la lista de platos que se enviará al célebre cocinero. El tiempo apremia, y la boda también es una carrera contra el reloj. No hay margen para protestas ni debates. Todo debe quedar cerrado cuanto antes, aunque eso signifique pisar el orgullo de quienes llevan años dejándose la piel en esas cocinas.

Este spoiler deja entrever mucho más que una simple organización de banquete. Muestra, una vez más, el desprecio con el que algunos personajes tratan al servicio, la obsesión de Lorenzo por el control absoluto y su necesidad constante de demostrar poder y estatus. También abre una herida que no tardará en sangrar: la de López y su lucha por el reconocimiento, por la justicia y por no ser borrado de su propio trabajo.

La llegada, aunque sea indirecta, de una figura histórica como Melquiades Brizuela añade peso y realismo a la trama, pero también sirve como catalizador del conflicto. Lo que empieza como un menú termina siendo otra chispa más en un palacio donde las tensiones están a punto de estallar. Porque en La promesa, incluso la comida puede convertirse en un campo de batalla.

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