El regreso de Margarita al palacio marca uno de los momentos más tensos y reveladores de ‘La Promesa‘.

La madre de Martina vuelve decidida a no dejar sola a su hija y, nada más cruzar la puerta, deja claro que no está dispuesta a fingir cordialidad. Su reencuentro con Leocadia se convierte en un duelo verbal sin filtros, cargado de reproches, viejas heridas y comparaciones que duelen más de lo que aparentan.
Desde el primer cruce de palabras, Margarita rompe cualquier posibilidad de convivencia amable. No hay intención de compartir techo ni de aparentar una paz inexistente. La tensión entre ambas estalla cuando Margarita verbaliza su desprecio, asegurando que odia lo que Leocadia es y lo que representa dentro de la familia. Para ella, no hay matices posibles: Leocadia jamás estará a la altura de Cruz.
El intento de mantener las formas dura lo justo. La conversación, aparentemente educada, se va llenando de ironía y veneno. Un simple detalle doméstico, como el té con unas gotas de naranja, se convierte en símbolo de algo más profundo.
Margarita ve en cada gesto de Leocadia un intento constante de imitar a Cruz, una sombra que sigue pesando en el palacio incluso después de su ausencia.
Leocadia intenta defenderse, apelando a las costumbres de la casa y negando cualquier intención de copia. Pero Margarita no cede. Para ella, esa imitación no es nueva ni inocente: viene de lejos y nunca fue suficiente.
El golpe definitivo llega cuando la define como una “mala imitación”, incapaz de alcanzar la categoría y el porte que, pese a todo, sí atribuía a Cruz.
El enfrentamiento sube de tono cuando Margarita no solo cuestiona las formas, sino también el fondo. Equipara el corazón de Leocadia con el de Cruz, negro y cruel, pero introduce una diferencia demoledora: Cruz, asegura, era una señora de principio a fin, algo que Leocadia jamás será. La amenaza de perder los modales está presente, pero Margarita no da un paso atrás.
Lejos de buscar reconciliación, el cierre del encuentro es tajante. No habrá puentes ni treguas. La paz entre ambas es imposible, y Margarita lo deja claro antes de marcharse. Su regreso al palacio no es para negociar, sino para proteger a los suyos y señalar, sin rodeos, a quien considera una impostora emocional y moral.